dimarts, 5 de febrer del 2008

CUANDO UNA IGLESIA ARDE

Una de mis canciones favoritas de Simon & Garfunkel dice en su primera estrofa: "Una iglesia arde, las llamas se elevan, como si fueran manos desesperadas que ruegan al cielo. Como manos rogando, dicen: podéis quemar mis iglesias pero al final seré libre".
Siempre me llamó poderosamente la atención la última afirmación: "podéis quemar mis iglesias pero al final seré libre". Desde el principio hice mia esa frase y la apliqué a cualquiera de las injusticias que veía a mi alrededor. Se trata de una especie de mantra con una fuerza increíble, y encierra la mejor de las esencias del ser humano: el poder de resistencia ante la opresión, la necesidad de vencerla, de afirmar nuestro yo. Ni siquiera la amenaza de muerte puede doblegarnos, pues es más fuerte nuestra voluntad de ser. La iglesia no es tanto el templo dónde rezar como nuestro yo interior, nuestra esencia, todo cuanto hemos sido, somos y seremos. En la canción, cuando los tres enmascarados lata de queroseno en mano prenden fuego al templo, lo que realmente están intentando destruir no es la construcción sino nuestro corazón, nuestra mente. En definitiva, nuestra voluntad como individuos.
Cuando una noche de 1933 el Reichtag ardió ante la pasividad de los ciudadanos alemanes, no sólo se perdió una joya de la arquitectura, no sólo se enterraba la democracia a dos metros bajo tierra, peor aun, se destruía la voluntad de todo un pueblo, la dignidad y la esencia de cada uno de ellos. Su presente y su futuro. El fuego tiene esa poderosa contradicción, es destructor pero también regenerador. La pasividad ante ese incendio trajo otros fuegos: primero llegó la quema de libros y después le siguió los hornos crematorios. Sus futuras víctimas siempre encerraron en su corazón la misma frase: "podéis quemar nuestras casas, podéis quemarnos, pero al final seremos libres". Esa frase es mucho más poderosa y persistente que el ansia de destrucción. Por eso los tiranos la temen, porque saben que al final triunfará. Saben que es más fuerte nuestro poder de resistencia y nuestra ansia de libertad que sus antorchas.
Siempre existieron y siempre existirán
"pirómanos" que intenten incendiar nuestros templos, nuestras casas y ciudades, pero también existirá una fuerte voluntad, acrecentada por los avatares de nuestra historia humana, de vencer ante la adversidad, de crecer, de buscar y de no cejar. Mientras más turbulentas sean las aguas, mayor será nuestra capacidad y nuestro empeño para tender puentes sobre ellas, puentes con los que llegar a cotas más altas de libertad y auto conocimiento. Al final tal y como reza la canción: "Una iglesia es mucho más que madera y piedra, y la libertad es un camino oscuro cuando caminas solo. Pero el futuro ya ha llegado, y es hora de apoyarse para que las campanas perdidas de la libertad puedan sonar más allá de mi tierra". Sí, definitivamente, ahora y por siempre: podrán quemar nuestras iglesias, pero al final seremos libres.

diumenge, 3 de febrer del 2008

EL HOMBRE QUE HA DE VENIR

Escuchando a Copland me parece entender la verdadera esencia de la Norte América primigenia. Su semilla era verdadera, pura y contradictoria, pero no dudo que originariamente la creencia de aquellos hombres de estar creando un hombre nuevo en un nuevo mundo era cierta aunque repleta de aquella inocencia que caracteriza a los jóvenes. En su “Fanfarria al hombre común” se puede vislumbrar la seguridad, casi me atrevería a decir arrogancia adolescente de quien se siente joven y con toda una vida por delante. La fuerza de las trompetas que van jalonando la pieza increcendo, como anunciado la llegada de un nuevo hombre, el hombre común, el trabajador, el otrora paria en otras tierras y hombre pleno, válido y maravilloso en si mismo en esa nueva tierra. Me recuerda a los poemas de Walt Whitman, para mi aun insuperables. Siempre cantó al hombre sencillo, al trabajador, al constructor de caminos como hacedor de una nueva idea que cambiaría para siempre el mundo. Esa era la idea original, quizás la idea intelectual y utópica. Al final y en pleno siglo XX pudo verse los resultados desastrosos de ese experimento. Segregación racial hasta finales de los sesenta, desigualdad social y pobreza en la sociedad teóricamente más opulenta del mundo. ¿qué fue de los sueños de Copland y whitman y de tantos hombres de las generaciones pasadas? ¿quién robó y secuestró la palabra a miss liberty? El fracaso yace en el propio hecho de haberse constituido como nación, pues como toda estructura estatal acabó tomando los vicios de la metrópoli. En un principio, no lo dudo, esta fue la tierra de los pobres, los desheredados, los perseguidos, las almas cansadas y sedientas de libertad, pero poco a poco con el fin de constituir la nación se fue olvidando ese principio para poder cohesionar una sociedad de individuos perfectamente estandarizados. Nada nuevo bajo el Sol, nada que no hubieran hecho los imperios que le antecedieron. Pero cabe no olvidar algo: pudo ser muy diferente la historia de Norteamérica. Sin la intromisión del cristianismo calvinista ni de cualquier otra religión, si los perseguidos, los parias de todos los colores, orígenes y creencias se hubieran entremezclado y hubiera triunfado la LIBERTAD y no la “libertad” (de mercado) asistiríamos a la mayor de las paradojas de la historia: salimos de África, nos extendimos por el mundo asentándonos en sociedades divididas por etnias, lenguas, culturas, para al final acabar todos mezclados en un rincón del mundo, sintetizando lo más sublime del ser humano. Pero no fue así, quizás porque por mucho que nos esforcemos somos lo que somos, quizás una ingente masa ávida de dejar de ser masa para convertirse en conjunto de PERSONAS y aquel no fue ni el lugar ni el momento, aunque lo creyera Whitman. Pero el viejo no habló tanto del presente como del hombre que ha de venir y como dice al final de su poema “Cosmos”: “
“quien cree no solo en nuestro globo con su Sol y su Luna
sino en los otros globos con sus soles y sus lunas
quién hombre o mujer al construir su casa
no para un día sino para la eternidad
ve las razas, épocas, efemérides, generaciones.
El pasado, el futuro, moran allí, como el espacio
indisolublemente juntos.”
Quizás no sea este el lugar ni el momento, pero quedan muchos mundos por explorar fuera de nuestro planeta, quizás en otro mundo exterior en tiempos venideros podamos volver a tener la oportunidad de dar un nuevo sentido a nuestra existencia como grupo y conseguir mirarnos y convivir sin los viejos y consolidados prejuicios, para así convertirnos en UNO.